"Señor, Dios mío: este día ha sido el más trágico de mi vida. En unas cuantas horas se abatió sobre mí una terrible sucesión de desgracias dolorosas. Mi santa madre falleció. Mi esposa me dejó para irse con mi mejor amigo. Después de 25 años de trabajo perdí mi empleo. Me robaron el coche. Mi hijo fue detenido y llevado a la cárcel por ser jefe de una banda de ladrones. Me enteré de que mi hija está viviendo con un narcotraficante. La empresa en que invertí todos mis ahorros quebró, y me quedé en la ruina. El médico me llamó para decirme que estoy muy mal del corazón y que en cualquier momento puedo sufrir un ataque cardiaco mortal. Señor, Dios mío: todas esas desdichas, con ser tan grandes, las puedo soportar. Pero, por favor, ¡que no le pase nada a mi iPad!"... La invocación que he escrito ilustra el grado de dependencia a que hemos llegado en relación con esos modernos artilugios -iPad, iPod, iPhone, iLaMadre- sin los cuales se diría que no podríamos ya vivir. Muy útiles y necesarias son tales herramientas: obran prodigios en el campo de la comunicación. Pero así como son fuente de beneficios también han traído consigo muchos males. Lo dijo Umberto Eco poco antes de morir: esos artilugios han dado voz a millones de imbéciles. El anonimato permite que los portadores de la envidia, el odio, el rencor o el burdo interés personal puedan injuriar impunemente a cualquiera, escarnecerlo y difamarlo. Una reflexión seria sobre este asunto serviría para advertir los extremos a que puede llevar una interpretación equivocada de la libertad de expresión. No es correcto dar voz y tribuna a gente ruin que sin dar la cara agrede, insulta soezmente y puede así tirar la piedra y esconder la mano. Eso no es opinión pública: es pública difamación. La equidad y la justicia deben hacernos pensar no sólo en el ofensor, sino también en el ofendido. Permitir que alguien abuse de un supuesto derecho es atentar contra el derecho de todos... Con una serie de inanes chascarrillos procuraré aliviar la tensión que en el campo de la comunicación universal debe haber causado mi campanudo réspice... Doña Holofernes, propietaria rural, tenía tres hijas, a cuál más fea. Una se llamaba Anfisbena; la segunda Uglilia, y la tercera respondía al nombre de Picia. La madre de esas infelices sabía bien que nunca encontrarían marido, de modo que se alegró cuando cierto día llegó al pueblo un viajante de comercio que tampoco era un adonis: se parecía a Donald Trump, pero en blanco y negro. Lo buscó, y con el tono de quien trata un asunto de negocios le dijo: "Sé que mis hijas son muy feas. Sin embargo llevarán una buena dote al matrimonio. Si usted se casa con Anfisbena, que tiene 18 años, recibirá 18 mil dólares. Si desposa a Uglilia, que cuenta 20 años, tendrá 20 mil dólares. Y si contrae matrimonio con Pifia, de 25 años, cobrará 25 mil dólares". Preguntó con marcado interés el viajero: "¿Por casualidad no tiene una hija de 75 años?"... El vaquero Shithead le contó a un amigo: "Mi fiel caballo Bag O'Fleas cayó en un hoyo, y tuve que darle un balazo ahí mismo". Preguntó el amigo: "¿En el hoyo?" "No -replicó Shithead-. En la cabeza"... Frase poco célebre: "La vida es una enfermedad transmitida sexualmente"... Se sospechaba que Babalucas había asaltado a una mujer. La policía lo hizo formar junto con otros seis sujetos a fin de que ella lo identificara. Entró la asaltada, y de inmediato exclamó Babalucas: "¡Ella es! ¡Podría reconocerla a 100 metros de distancia!"... Le dijo don Chinguetas a su esposa: "No sé qué me sucede. Hoy en la mañana sostuve la taza de café y se me cayó. En la oficina sostuve el teléfono y se me cayó". Le dijo con alarma la señora: "Cuando vayas al baño yo te la sostengo"... FIN.