Las instalaciones de la Expo Guadalajara ya están cuajadas de multitudes cuando asomo al Área Internacional y comienzo mi primer recorrido del año. Me fascina que algunos visitantes, quizá abrumados por la cantidad de libros en exhibición, se queden detenidos en mitad de los pasillos, sin mover un músculo, los brazos caídos y la mirada perdida en el horizonte de banderolas y pendones, inconscientes al hecho de que todos, a su alrededor, queremos avanzar en cualquier dirección y su momento de éxtasis contemplativo lo impide. Se producen, desde luego, empujones, y las subsecuentes disculpas. El único espacio libre que encuentro es un amplio pabellón con libros jurídicos. O hay pocos abogados por aquí o todavía no acuden a mirar los títulos relacionados con su profesión.
Se encuentra uno a media humanidad en los pasillos. Por ejemplo, un antiguo compañero de la preparatoria, que ahora trabaja en una acerera y quiere contarnos algo sobre las líneas de distribución de sus productos antes de que nos excusemos y huyamos. O una antigua colega del trabajo que siempre aseguraba que no iba a tener hijos y ahora es escoltada por dos, cada cual del tamaño de un basquetbolista profesional (ha transcurrido un cuarto de siglo desde que cambió de idea). Y, claro, también ve pasar uno a notoriedades que van rodeadas de comitivas. Como el premio FIL de este año, el mozambiqueño Mia Couto; o la próxima rectora de la Universidad de Guadalajara, Karla Planter; o el director del Fondo de Cultura Económica, Paco Ignacio Taibo II. Y también notoriedades que andan tranquilamente mirando libros, como el politólogo Jesús Silva Herzog Márquez o el escritor Alberto Ruy Sánchez.
Aunque, claro, medio metro más allá de ellos aparece nuestra vecina que tiene un puesto de comida al fondo de uno de los corredores y nos saluda. O unos chamacos que corretean y se gritan groserías con sabor a Feria del Libro: “¡Vete a la Gonvill!”, brama uno, entre risotadas. La Gonvill, para quien no lo sepa, es la principal cadena de librerías en Guadalajara. Y una madre le da un rápido pescozón al chamaco que invoca su sacrosanto nombre en vano.
A pocos metros, un hombre luce una cartulina con algunas líneas escritas con letra temblona. Pienso que estará haciendo proclamas políticas, como los activistas con banderas palestinas que ve uno en la explanada exterior. Pero no: se trata del anuncio de la presentación de un libro infantil que está a punto de comenzar en un salón de la planta alta.